En Son Bordoy, la situación es tensa. Los vecinos de esta antigua prisión de Palma han visto cómo sus vidas penden de un hilo, con el desalojo en pausa y un futuro lleno de incertidumbres. «No somos pobres, esto es nuestro», claman con fuerza, dejando claro que no están dispuestos a tirar a la basura lo que han construido.
Una lucha por la dignidad
La comunidad se une para luchar por su derecho a vivir sin miedo. Aseguran que solo quieren llevar a sus hijos al colegio sin preocupación. No es solo una cuestión de hogar, sino de dignidad y pertenencia. La solidaridad entre ellos brilla en medio del caos administrativo que parece no tener fin.
Aquí, cada día es una batalla. Las promesas vacías del Gobierno resuenan en las paredes desgastadas de esta edificación que guarda historias y sueños compartidos. Mientras algunos siguen buscando soluciones efectivas, los residentes sienten cómo el tiempo pasa sin respuestas claras.
Es un momento crítico donde se mezclan emociones intensas: esperanza, frustración y una determinación férrea por defender lo que consideran suyo. En Son Bordoy no están solos; su voz resuena más allá de sus muros, llamando a la acción y a la justicia para todos aquellos que enfrentan situaciones similares.

