Aurora Ballester, una mujer valiente que lleva cerca de cuatro años viviendo en la antigua cárcel de Palma, ha visto cómo su vida se convierte en un vaivén de incertidumbres. «Nos han despertado esta mañana para decirnos que venían a ver a la gente que hay aquí», comparte con un tono que mezcla resignación y esperanza.
La situación no es fácil. En los últimos meses, el lugar ha sido escenario de incendios y robos, lo que ha llevado a Aurora a pensar que, aunque su hogar sea inusual, es mejor que estar en la calle. «Es bueno que vengan a controlar a quienes hacen daño aquí porque por culpa de ellos muchas veces tenemos problemas», reflexiona con sinceridad.
La dura realidad del alquiler
Como muchos otros, Aurora vive en esta vivienda no por elección sino por necesidad. Con su salario como trabajadora del comedor de un colegio y el sueldo de albañil de su marido apenas alcanzan para sobrevivir. «Un alquiler de casi 1.500 euros es impensable para nosotros», dice con frustración mientras se pregunta: «¿Cómo pago luz? ¿Cómo como?».
Recientemente encontró una habitación en la calle Aragón por 1.200 euros donde solo podría ducharse tres días a la semana. «Eso no es vida», exclama mientras enfatiza lo importante que es para ella tener un espacio digno: «Aquí me ducho cada día; tengo que buscar agua y calentarla, pero al menos puedo vivir con cierta normalidad».
A pesar del estigma social al salir a la calle—»te señalan con el dedo por culpa de algunos»—Aurora intenta mantener una rutina diaria con su perro, llevando una vida más parecida a la normalidad posible en estas circunstancias difíciles. Ella estima que alrededor de 500 personas habitan este antiguo recinto carcelario, aunque reconoce las condiciones precarias en las que viven: «Prefiero estar aquí que en un parque; mi casa está bonita, limpia y sin ratas».

