El RCD Mallorca, ese equipo que nos ha hecho vibrar tantas veces, se encuentra en un momento crítico. Desde el inicio de la temporada, ha estado jugando con fuego y, ahora, se ve atrapado en la zona de descenso a Segunda División. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? La respuesta es clara: muchas decisiones erróneas tanto en el campo como fuera de él. Y aunque la salvación está a solo un punto y aún quedan diecisiete jornadas por delante, la realidad es preocupante.
Una identidad perdida
La plantilla actual parece carecer de rumbo. El entrenador Jagoba Arrasate ha intentado varias tácticas, pero los resultados son desalentadores. No hay valentía ni cohesión; este equipo no asusta a nadie. A pesar de que algunos aficionados comienzan a cuestionar su liderazgo, lo cierto es que el verdadero problema radica en la falta de claridad sobre cómo debe jugar el Mallorca.
No podemos olvidar que Arrasate aceptó una plantilla que claramente no se adapta a sus necesidades. Su director deportivo, Pablo Ortells, también tiene su parte de culpa al no renovar adecuadamente el equipo. A estas alturas y con el mercado cerrándose pronto, las incorporaciones brillan por su ausencia y eso empieza a pesar mucho.
Es evidente que falta hambre en un vestuario que alguna vez fue sinónimo de alegría para los aficionados. Los jugadores deben asumir su parte de responsabilidad; sus actuaciones están muy por debajo de lo esperado. Este rendimiento mediocre no puede permitirse en una liga tan reñida.
La debilidad defensiva está siendo letal. El Mallorca ha encajado 21 goles de los 33 totales antes del descanso, lo cual muestra una alarmante incapacidad para afrontar los partidos desde el comienzo. Si todavía estamos en la pelea es gracias a Muriqi y sus 14 goles; pero no podemos depender solo de él.
Así las cosas, nosotros como aficionados nos sentimos frustrados y preocupados por el futuro inmediato del club. Esta situación requiere acción urgente antes de que sea demasiado tarde.

