En un mundo donde la empatía parece haber perdido su lugar, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Turk, ha hecho un llamado urgente que no podemos ignorar. Este viernes, ha denunciado con firmeza que las prácticas del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) de EE.UU. están dibujando una narrativa de demonización hacia migrantes y refugiados, despojándolos no solo de sus derechos, sino también de su humanidad.
Una crisis humanitaria silenciosa
Turk ha exigido una investigación sobre al menos 36 muertes ocurridas bajo la custodia del ICE. En su declaración, pone el dedo en la llaga: “El abuso se ha convertido en rutina”. No es solo una cuestión legal; es una cuestión moral. ¿Cómo hemos llegado a un punto donde se criminaliza a quienes buscan refugio basándose únicamente en su origen o estatus?
A medida que los años avanzan, las acciones del ICE han ido escalando. La tensión se intensificó bajo la administración Trump y alcanzó un pico reciente con operaciones en Minneapolis, donde comunidades enteras viven con miedo constante. El caso de Renee Good, asesinada por un agente federal, y el pequeño Liam Ramos, visto huyendo mientras su padre era arrestado, son solo ejemplos desgarradores que alimentan protestas y muestran cómo esta situación está afectando a familias completas.
“Los individuos son perseguidos como si fueran criminales”, lamenta Turk. Esta vigilancia indiscriminada se extiende incluso a lugares sagrados como iglesias y hospitales. No puede ser que tengamos personas siendo detenidas sin justificación clara y sin acceso adecuado a asistencia legal. Esto es totalmente inaceptable.
Además, Turk critica las represalias violentas contra quienes levantan la voz contra estas atrocidades: “Quienes protestan pacíficamente terminan enfrentándose a amenazas y violencia”. En medio de todo esto, nos preguntamos: ¿dónde queda nuestra humanidad?
La situación exige acción inmediata para garantizar el respeto por los derechos humanos básicos. Sin un cambio radical en cómo opera el ICE, corremos el riesgo de socavar la confianza pública y debilitar nuestras instituciones. Turk concluye con una exhortación clara: “Es hora de poner fin a estas prácticas que destruyen familias”. Una declaración contundente que resuena más allá del ámbito político: debe ser nuestro deber como sociedad defender la dignidad humana.

