Sucesos

Una masía familiar se convierte en refugio tras el trágico accidente de tren en Gelida

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La noche del martes fue un auténtico torbellino para Ernestina Torelló, quien vive en una masía familiar. El eco de las alarmas resonó en su hogar, y el miedo se apoderó de ella al escuchar que estaban forzando la verja. Pero, lejos de ser un asalto, lo que encontró al mirar las cámaras fue a los bomberos y servicios de emergencia trabajando sin descanso. Esa misma noche, la tragedia golpeó cuando un joven maquinista perdió la vida en el accidente de tren ocurrido en Gelida.

Un refugio improvisado

Su hijo, Toni de la Rosa Torelló, compartió con nosotros lo sucedido: «Mi madre estaba asustada, pero rápidamente comprendimos que teníamos que actuar». Así fue como abrieron las puertas de su casa para convertirla en un hospital de campaña. Hasta 60 pasajeros pasaron por allí; algunos estaban ilesos, otros necesitaban atención urgente. «Les clasificaban según su estado: a los más graves les ponían suero y oxígeno mientras llegaban las ambulancias», recuerda Toni.

Aunque la mayoría salió ilesa, aquellos momentos fueron angustiosos. «Recibíamos a los pasajeros con agua y palabras reconfortantes. Era fundamental calmarlos después del susto», explica con nostalgia. La situación era aún más impactante debido al reciente accidente en Adamuz; el miedo se palpaba en el ambiente.

Toni no escatima elogios para los profesionales involucrados: «El despliegue fue impresionante; 500 personas atendiendo la emergencia». Sin embargo, tres días después del desastre, la normalidad parece lejana para esta familia. Con periodistas haciendo cola para entrevistas y personal de ADIF entrando y saliendo constantemente, es difícil encontrar tranquilidad.

El accidente ocurrió a solo 70 metros de su hogar, donde ellos son prácticamente los únicos habitantes rodeados por hectáreas de campo. Toni reflexiona sobre cómo podrían haber sido las cosas si tuvieran que trasladar heridos durante kilómetros a pie; afortunadamente todo sucedió cerca.
«Fue una experiencia surrealista», concluye Toni recordando cómo vivieron esos momentos caóticos sin tiempo para pensar ni respirar.

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