Era una mañana de mayo, un 19 para ser exactos, cuando un tren que partía a las 6.30 horas de Manacor hacia Palma se encontró con su destino. A solo 150 metros de la estación de Sineu, un muro caído sobre las vías hizo que la tragedia se desatara. La noche anterior había llovido intensamente, y ese muro, debilitado por la falta de drenaje y mantenimiento, cedió sin previo aviso.
El maquinista, Amadeo Ferriol, no tuvo tiempo ni siquiera para frenar. Con 57 años a sus espaldas, su vida cambió en un instante; el accidente le dejó incapacitado y él moriría años después debido a las secuelas que le dejó aquel día fatídico. Pero no estaba solo en esta historia; 33 pasajeros resultaron heridos, algunos gravemente.
Las fallas que llevaron al desastre
La investigación posterior reveló unas deficiencias alarmantes: el muro carecía de drenaje adecuado, había errores en su construcción y una evidente falta de limpieza. Con el agua acumulándose sin control, lo que debería ser una barrera protectora se convirtió en un peligro mortal.
No es sorpresa entonces que antes del accidente ya se hubieran identificado problemas similares en otros tramos cercanos. Como resultado directo de este incidente trágico, siete personas fueron acusadas por imprudencia grave. Ingenieros responsables de los proyectos estaban entre ellos; aunque todos lograron evitar la cárcel tras llegar a acuerdos económicos con las víctimas.
A pesar del pacto por más de un millón de euros destinado a indemnizar a los afectados —975.635 euros para Amadeo— esto no puede borrar la memoria del dolor causado ni la sensación amarga que queda al ver cómo la justicia pareció diluirse con reformas legales posteriores.
Después del accidente, Serveis Ferroviaris de Mallorca tuvo que cerrar completamente esa línea para asegurarse de que ningún otro tramo compartiera el mismo destino catastrófico. Estuvieron cerrados durante nueve largos meses hasta reabrir parte del trayecto entre Inca y Manacor bajo condiciones aún precarias.

