En Adamuz, la angustia se siente en el aire. Con el móvil en mano y una foto desgastada de su cuñado, Javier no deja de pedir ayuda para encontrar a Agustín Fadón, un tripulante del Alvia que descarriló este domingo tras chocar con un Iryo. La familia de Agustín, que cuenta con 39 años y estaba trabajando en la cafetería del tren que salió de Madrid rumbo a Huelva, aún no tiene noticias sobre su paradero. Hasta ahora, ya son 42 las víctimas mortales contabilizadas.
Treinta y seis horas después del accidente, Javier y su esposa María del Mar están desesperados. Ambos han pasado otra noche sin dormir en el centro cívico Poniente de Córdoba, donde otros familiares comparten su sufrimiento. «Hola, soy Javier», dice mientras se acerca a los periodistas, buscando respuestas como muchos allí presentes. La incertidumbre le pesa: su cuñado no figura en ningún hospital y temen que estuviera en uno de los vagones que volcó tras el choque.
La espera se vuelve eterna
Javier recuerda cómo Agustín había cambiado su turno para evitar una tragedia hace trece años en Angrois. Ahora siente que la historia podría repetirse y eso lo atormenta aún más. A medida que pasan las horas, la falta de información ahoga a todos los presentes. Él mismo reconoce lo complicado que es esperar: «Es demasiada espera, demasiado tiempo». No pide mucho; solo ansía saber algo sobre él.
A pesar del vacío informativo, Javier sigue intentando contactar con cualquier fuente posible y ha recurrido también a las redes sociales por si alguien tuviera una pista. La incertidumbre transforma cada momento en una tortura interminable para quienes buscan respuestas sobre sus seres queridos perdidos.
En medio de esta situación tan dura y desgarradora, Fran Vicente, psicólogo de Cruz Roja presente allí para atender a los afectados, destaca la importancia de brindar apoyo emocional: «Lo más importante es acompañarles y respetar su dolor». Su labor consiste en ofrecer herramientas para lidiar con este sufrimiento colectivo mientras cientos de voluntarios trabajan incansablemente desde el domingo para ayudar a quienes están pasando por este duro proceso.
No hay palabras mágicas ni soluciones rápidas cuando se enfrenta al luto; cada familia vive esa experiencia de manera única. Mientras algunos quieren compartir sus lágrimas y otros prefieren el silencio como refugio ante tanto desasosiego, los voluntarios simplemente están ahí: escuchando, sosteniendo y tratando de mitigar un poco ese dolor insoportable.

