El pasado 15 de enero, el Auditòrium de Palma se convirtió en un auténtico templo de la música gracias a la Orquestra Simfònica de Balears. Bajo la batuta del director Pietari Inkinen y con el violín magistralmente interpretado por Franz-Peter Zimmermann, los asistentes disfrutaron de un repertorio impresionante que no solo cumplió, sino que superó todas las expectativas.
Un viaje sonoro inolvidable
La velada comenzó con Ma mère loye de Ravel, donde ya se notaba la maestría del director. Su atención a cada detalle era palpable; pedía a cada sección que diera lo mejor en cada momento. Las cinco miniaturas ravelianas nos envolvieron en una atmósfera mágica, haciendo eco del aire fresco y ligero que tanto caracteriza a los impresionistas.
A continuación, se presentó un Concierto para violín completamente nuevo. Esta fue una audición primicia que dejó al público intrigado, especialmente en su tercer movimiento donde el compositor Frank Martin brilló con luz propia. El violinista Zimmermann, conocido por su interpretación del Concierto de Mendelssohn hace unos años, ofreció una lectura valiente y sentida que merece ser escuchada nuevamente. Y cómo olvidar esos bises que todos pedimos: ¡un Schubert y un Bach siempre son bienvenidos!
Y después vino lo mejor. La segunda parte nos regaló una experiencia sonora extraordinaria con el Concierto para orquesta de Bartók. Esa obra es pura genialidad; transita desde momentos nostálgicos hasta explosiones vibrantes y majestuosas con una elegancia asombrosa. Cada nota parecía contar una historia, fusionando elementos populares y ritmos extravagantes como si fueran piezas de un rompecabezas bien ensamblado.
Pietari Inkinen demostró ser un director excepcional; su enfoque impecable equilibró perfectamente los sonidos sin ahogar la melodía principal. Fue un placer ver cómo dirigía con precisión y libertad a partes iguales. Sin duda alguna, esa noche quedó grabada en nuestras memorias como uno de esos momentos especiales en los que la música nos une y nos transforma.

