Era la primera semana de mayo del 2005 cuando un papel de calidad excepcional llegó a la redacción de Ultima Hora. La invitación era nada menos que para el acto en el que Cristóbal Santandreu recibiría su fajín de general de brigada en la Guardia Civil. El evento, previsto para el 16 de mayo, prometía ser un momento memorable y, por supuesto, no me lo quería perder.
Javier Jiménez estaba encargado de cubrirlo, mientras yo asistía como un simple invitado. Curiosamente, aquel día fue el primero en que conocí a Cristóbal en persona. Aunque teníamos un conocido en común que nos había hablado el uno del otro, nunca habíamos cruzado palabras. Al saludarnos, compartimos un apretón de manos firme; una conexión instantánea entre dos personas con historias entrelazadas gracias a su esposa Antonia, una mujer admirable con quien solía charlar sobre mi trabajo.
Palabras que resonaron
Esa jornada se llenó de emociones genuinas. Durante su discurso, Cristóbal hizo múltiples referencias a Antonia con cariño y gratitud. No estaban solos; sus hijos también estaban allí para compartir ese momento tan especial. Fue emocionante ver cómo Carlos Gómez Arruche le colocaba el fajín mientras se le entregaban también el bastón y el sable como símbolos de mando.
A pesar de que muchos esperábamos la presencia del entonces president Jaume Matas y otros miembros del Govern, ellos decidieron ausentarse. Sin embargo, las autoridades presentes como Ramón Socías y Catalina Cirer aportaron solemnidad al acto. Pero lo más inesperado llegó cuando un alto mando nacional comenzó a lanzar dardos hacia algunos personajes dentro del cuerpo. Aunque no mencionó nombres directamente, todos los presentes sabían perfectamente a quiénes se refería: los conocidos como ‘el lado oscuro’. Las palabras «infamia», «mentiras» y «deshonor» resonaron fuertemente en la sala mientras la tensión crecía; yo podía notar cómo uno de esos aludidos se sonrojaba cerca mío.
Aquel ataque verbal había surgido porque intentaron desacreditar a Cristóbal durante su tiempo al frente de la Comandancia en Palma. Un año después buscaban otra víctima: el coronel García Peña fue destituido por una factura falsa relacionada con unas obras en su pabellón. Esa historia se publicó primero en otro medio; aunque profesionalmente podría considerarlo un error no haberle dado prioridad yo mismo, hubiera actuado igual hoy.
No era mi primera vez siendo testigo del peculiar manejo interno que tiene la Guardia Civil ante situaciones así; si aquellos mandos hubieran sido agentes rasos habrían durado menos que un suspiro. Es triste pensar cómo esas dinámicas oscuras prosperan sin castigo alguno si quienes están involucrados son superiores. Se crea una realidad paralela donde prevalece el silencio oficial sobre cualquier problema real; es algo dañino para todos nosotros.
Afrontar la realidad siempre ha sido fundamental: solo hay una verdad y debemos cuidarla como lo hacemos con nuestras madres—con amor y respeto—porque al final del día somos nosotros quienes debemos lidiar con ella.

