En el corazón del Pla de Na Tesa, un pequeño obrador es testigo de una historia que no solo trata sobre la elaboración del pan, sino también sobre la resistencia y la pasión. Lluc Munar, un joven empresario mallorquín, se enfrenta a un reto cada vez más común: la desaparición de los fornos y la escasez de forners. «De cada vegada tanquen més forns i queden menys forners», dice con preocupación.
Lluc lleva diez años haciendo pan, y su trayectoria es un claro ejemplo de cómo se puede transformar una afición en un modo de vida. Comenzó como algo personal, vendiendo sus creaciones a amigos, hasta que decidió dar el paso y hacerse autónomo. «Ahora estoy a punto de abrir una tienda en el pueblo. Este mundo me apasiona y creo que es necesario; cada vez hay menos opciones», añade con determinación.
La esencia del buen pan
El negocio no es fácil. Actualmente trabaja con encargos y distribuye su producto por diferentes puntos de venta. A pesar de las dificultades, Lluc mantiene viva la tradición al utilizar farinas mallorquines y blats antics. Sin embargo, lo que realmente destaca en su enfoque es su deseo de devolver al pan el tiempo que merece: «El pa necessita temps per fermentar», nos recuerda.
La cultura del pan ha ido evolucionando en Mallorca, y Lluc ha notado un cambio positivo hacia lo artesanal. «La gente valora más lo local», afirma orgulloso mientras nos habla de las variedades tradicionales como el pa blanc o llonguet. Sin embargo, también advierte sobre modas pasajeras como la búsqueda excesiva del gluten cero que complican aún más su trabajo.
Aparte de hornear panes deliciosos, Lluc organiza talleres donde invita a los participantes a conectar con la gastronomía local: desde elaborar torrons hasta aprender sobre hierbas tradicionales. Consciente del valor educativo que tiene esta experiencia para los más jóvenes, cree firmemente que debería haber una mayor inclusión de educación gastronómica en las escuelas.
A pesar de los obstáculos burocráticos y económicos que enfrenta como joven autónomo en este sector, Lluc mantiene viva la esperanza: «Si haces trabajo constante, puedes vivir bien». Y así sigue adelante, luchando por mantener viva no solo su pasión por el pan sino también el legado culinario mallorquín.

