El 14 de enero en Madrid, la situación en Irán se calienta y las voces oficiales no tardan en salir a escena. Desde Teherán se niega con firmeza que lo que está ocurriendo sea una revolución contra el régimen islámico. Sin embargo, las calles parecen gritar lo contrario. Las protestas actuales son menos masivas que las del año pasado, tras la trágica muerte de Mahsa Amini, pero la violencia ha aumentado y eso preocupa a muchos.
El eco de una crisis persistente
Las autoridades iraníes aseguran que hay grupos extranjeros detrás de esta escalada violenta. Según ellos, esto no es más que un intento orquestado para desestabilizar el país, con Israel y Estados Unidos como protagonistas ocultos. “Esto es un golpe de Estado disfrazado”, afirman algunos funcionarios. Mientras tanto, Donald Trump lanza mensajes desde el otro lado del océano apoyando las protestas y prometiendo ayuda sin detallar qué tipo de asistencia realmente está enviando.
No obstante, los datos son inquietantes. Aunque desde el régimen se minimiza la magnitud de estas movilizaciones al compararlas con episodios pasados como el Movimiento Verde de 2009, organizaciones internacionales como Human Rights Activists (HRANA) alertan sobre cifras alarmantes: más de 1.850 personas han perdido la vida desde que estallaron las manifestaciones y miles han sido detenidas.
Teherán sostiene que estos disturbios están lejos de representar un cambio radical; insisten en contar con el apoyo popular necesario para mantener su control. Pero mientras continúan los enfrentamientos y los rumores sobre posibles intervenciones extranjeras flotan en el aire, muchos se preguntan: ¿hasta cuándo podrá resistir este frágil equilibrio?

