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Recuerdos de Miguel: un viaje a través de la fotografía y la amistad

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Hoy quiero compartir algo muy personal sobre mi amigo Miguel, un ser especial que marcó mi vida. Permítanme ser un poco irreverente en este espacio. Tras varios días buscando esa foto suya que sabía que existía, por fin pude sentarme frente al teclado. Su expresión traviesa y esa chispa en sus ojos me acompañan mientras escribo estas líneas. Así era él, auténtico, como el gran fotógrafo que fue.

Una amistad construida entre negativos y sueños

Miguel Font y yo nos conocimos cuando teníamos algo más de veinte años. Éramos dos jóvenes inexpertos revelando negativos en los baños de casa. Recuerdo cómo, después de hacer unas fotos a nuestra amiga Marisa, Miguel decidió acercarse a mí. Desde ese momento, durante casi seis décadas, compartimos nuestra pasión por la fotografía. Era fácil estar con él; siempre tenía una sonrisa lista y un criterio fotográfico excepcional del cual aprendí mucho.

Ayer estuve presente en su funeral y no puedo evitar confesar que lo sentí a su lado reviviendo momentos únicos juntos. En esos instantes tan emotivos, recordé cómo tomamos decisiones cruciales en nuestras vidas; cada uno a su manera convirtió esa pasión en su forma de vivir. Y así, sin saber si había agua o no, nos lanzamos a la piscina.

De vez en cuando viajábamos a Barcelona para visitar a fotógrafos ya consagrados, cada uno con su estilo único. ¿Quién no recuerda esas charlas? Desde el serio Toni Vidal hasta el talentoso Toni Riera; cada visita era una aventura para medir nuestras aspiraciones y temores.

Ciertamente hubo un día clave: conocimos al insustituible Alfonso Gutiérrez, quien revisó nuestros trabajos con una mirada crítica pero sincera. Regresamos a Palma sintiéndonos pequeños pero motivados por el desafío de superarnos.

Años más tarde, allí estábamos Miguel y yo celebrando la inauguración de AGE Foto Stock en Manhattan. Un momento inolvidable que contrastaba con aquel primer encuentro lleno de inseguridades.

Miguel ha partido tras vivir intensamente los setenta y siete años que le tocó experimentar. Pero si algo tengo claro es que siempre llevaré sus enseñanzas conmigo; aún me imagino encontrándome con él en el Bar Bosch disfrutando de una Coca Cola Light mientras charlamos sobre la vida y degustamos unas deliciosas langostas de jamón y queso.

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