Este domingo, la Policía de Jorasán Razavi ha dado a conocer una noticia desgarradora que ha sacudido a la región: el jefe de la Policía Antinarcóticos de Mashhad, el general Javad Keshavarz, ha perdido la vida en un ataque atribuido a «terroristas armados». Este término, tan utilizado por el Gobierno iraní para referirse a los manifestantes que claman por sus derechos desde hace semanas, resuena con fuerza entre las calles convulsas del país.
En medio de un clima de protestas masivas y descontento social, la muerte de Keshavarz no es solo una pérdida personal; es un reflejo sombrío del caos que atraviesa Irán. La televisión pública IRIB nos relata que su asesinato se produjo en circunstancias muy críticas. El subcomandante regional confirmó el ataque, dejando claro que estas no son horas fáciles para nadie.
Crisis humanitaria y política tras las protestas
A medida que las movilizaciones antigubernamentales crecen, también lo hacen las cifras trágicas: al menos 544 vidas han sido arrebatadas desde diciembre pasado durante estas manifestaciones. De ellas, 47 pertenecen a miembros de las fuerzas de seguridad y más de 10.600 personas han sido encarceladas por alzar su voz contra un sistema que se siente cada vez más distante del pueblo.
El ministro de Exteriores iraní, Abbas Araqchi, ha señalado con dedo acusador hacia quienes considera responsables. En sus palabras hay ecos de intrigas internacionales cuando menciona supuestos vínculos entre estos «terroristas» y agentes israelíes del Mossad. Todo esto mientras millones sufren una caída drástica en su poder adquisitivo y ven cómo sus demandas son ignoradas.
Aquí estamos todos nosotros, observando cómo esta historia se desarrolla día a día. ¿Hasta cuándo seguirán sacrificándose vidas en esta lucha? Las preguntas flotan en el aire como un grito ahogado entre las multitudes.

