Han pasado ya diez años desde aquella fría madrugada del 10 de enero de 2016, cuando nos despertamos con la desgarradora noticia de que David Bowie había fallecido. Aún hoy, resulta difícil asimilarlo. Solo dos días antes, el mundo se había maravillado con su última obra, Blackstar, un álbum que ya revelaba más de lo que podíamos imaginar y que ahora entendemos como su despedida a lo grande.
Un legado inmortal
Bowie no solo fue un artista; fue un verdadero visionario. Con sus 69 años recién cumplidos, dejó tras de sí un legado musical y artístico que sigue resonando en generaciones enteras. Su capacidad para reinventarse era única: desde el glam rock hasta la música electrónica, pasando por su etapa como crooner o ícono del art-rock. Todo esto mientras bailaba entre lo popular y lo vanguardista.
Aunque es difícil recordar ese tiempo en el que algunos críticos dudaban de su relevancia, hay algo hermoso en cómo ha resurgido su figura. Recientemente se ha estrenado el documental Bowie, el último acto, donde se explora esa transición entre ser considerado un artista comercial en declive a convertirse en una leyenda admirada por todos.
No podemos olvidar cómo a principios de los 90, Bowie lidiaba con las críticas mordaces que lo catalogaban como “hazmerreír”. Pero la historia le ha dado la vuelta: sus patinazos creativos han sido borrados por esa brillantez que deslumbró al mundo con Heathen y posteriormente con Blackstar.
A través del tiempo, Bowie enseñó que transformarse es esencial. Hoy en día artistas como Taylor Swift y Rosalía pueden deberle parte de su éxito a ese camino audaz que él abrió. Y aunque puede parecer que las nuevas generaciones no lo tengan presente, los ecos de sus innovaciones aún marcan pauta.
Bowie también hablaba sobre cómo internet se había convertido en una forma alienígena de vida; una visión inquietante pero fascinante sobre nuestra actualidad digital. Así fue él: siempre adelante, siempre explorando nuevos horizontes hasta llegar a esa estrella oscura donde encontró su paz eterna.

