MADRID, 9 de enero. La situación en Irán se ha convertido en una trágica realidad, donde al menos 51 personas han perdido la vida, entre ellas nueve menores, durante las manifestaciones que han estallado por todo el país. Todo esto es consecuencia de un descontento profundo frente a un panorama económico y energético que cada vez se vuelve más insostenible. Según la ONG Iran Human Rights, estas cifras son solo la punta del iceberg.
Mahmud Amiri-Moghaddam, director de la ONG, recuerda con pesar cómo el apagón de Internet revive los ecos de la brutal represión que vivieron los manifestantes en noviembre de 2019, cuando cientos fueron asesinados. En solo trece días, el uso desmedido de la fuerza por parte del Gobierno ha ido aumentando alarmantemente.
Un régimen que responde con amenazas
No podemos quedarnos callados ante las palabras del jefe del aparato judicial iraní, Gholamhosein Mohseni-Ejei, quien no ha dudado en llamar «alborotadores» a aquellos que buscan justicia y prometer «severos castigos» para quienes participen en estos disturbios. Por si fuera poco, el servicio de Inteligencia del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica no ha escatimado esfuerzos en advertir sobre lo «inaceptable» que resulta esta situación y responsabiliza a los «autores intelectuales» de las protestas por la sangre derramada.
En medio de este caos, un comunicado difundido por Tasnim nos hace reflexionar: el pueblo iraní ve legítimo su derecho a defenderse ante una creciente inseguridad. Sus líneas rojas son claras: proteger lo que consideran logros del régimen y salvaguardar su seguridad. Pero el ayatolá Alí Jamenei no pierde tiempo en señalar al presidente estadounidense Donald Trump como uno de los grandes instigadores detrás de estos disturbios durante su discurso emitido por IRIB.
La historia sigue escribiéndose mientras las voces del pueblo resuenan más fuerte que nunca. ¿Hasta cuándo podremos ignorar su grito desesperado?

