Las calles de Irán han vuelto a cobrar vida, pero no precisamente en un ambiente festivo. Miles de personas se han echado a las calles en medio de una profunda crisis económica que ha dejado a muchos sin recursos. En este contexto, el presidente Masud Pezeshkian ha hecho un llamamiento a las fuerzas de seguridad para que no actúen contra los manifestantes pacíficos. Sin embargo, su mensaje no ha sido completamente claro, ya que también ha instado a tomar medidas enérgicas contra aquellos que generan disturbios.
Una respuesta dividida ante el clamor popular
El vicepresidente Mohamad Yafar Gaempaná, tras una reunión crítica sobre la situación actual, dejó claro que hay que diferenciar entre los protestantes y los alborotadores. ‘Los que llevan armas son los verdaderos alborotadores’, afirmó con firmeza. Su discurso intentaba calmar las aguas, reconociendo la legitimidad de las protestas por parte del Gobierno y prometiendo trabajar en soluciones concretas para abordar el aumento desmedido del coste de vida.
A pesar de esto, la realidad es dura. Según datos de HRANA, al menos 36 personas han perdido la vida en estas movilizaciones, y más de 2.000 han sido detenidas en apenas diez días. Las cifras son escalofriantes y reflejan un descontento generalizado que va más allá del simple malestar por precios altos; es un grito desesperado por justicia social.
A medida que las manifestaciones se expanden a lo largo del país, desde 285 puntos distintos donde resonaban los gritos de protesta, la advertencia del jefe judicial iraní sobre la falta de indulgencia resuena como un eco ominoso. Mientras tanto, el portavoz del Ministerio de Exteriores no dudó en culpar a Israel y Estados Unidos por avivar aún más las llamas del conflicto interno.
En definitiva, lo que está ocurriendo en Irán no es solo una lucha contra precios exorbitantes; es un grito colectivo frente a un sistema que deja atrás a millones. La historia sigue escribiéndose cada día mientras los ciudadanos luchan por ser escuchados.

