En el torbellino de la vida, a veces encontramos luces que nos guían. Para Miquel Contestí Cardell, esa luz fue el Real Mallorca. Este hombre, cuyo nombre debería resonar en cada rincón de la isla, se adentró en un club que estaba más muerto que vivo y lo resucitó con su pasión desmedida. ¿Quién es este personaje tan vital? Aquel que estuvo al mando durante catorce años, más de una década marcada por su amor incondicional al equipo y a su tierra.
Un presidente como pocos
Si hay algo que quedó claro es que para ser verdaderamente mallorquinista, hay que sentir en lo más profundo la esencia de nuestra isla. Su lema era sencillo pero contundente: “El pa amb oli es el millor plat del món”. Y así vivió cada entrenamiento en el viejo Lluis Sitjar, donde no solo asistía; se convertía en parte del juego mismo. Saltaba, aplaudía y vibraba como si estuviera en plena competición.
Miquel Contestí no estaba solo; contaba con la complicidad de grandes figuras como Lorenzo Serra Ferrer. Juntos recordaban tiempos mejores y se prometían visitas al presidente cuando las cosas se ponían difíciles. Recuerdo aquel abrazo que compartimos hace un mes y medio; le dijimos “Tornarem, president”, aunque ya no pudo ser.
Sus logros fueron inmensos: fichó a jugadores legendarios como Ezaki y Fradera sin preocuparse por los billetes ni por las cámaras de televisión. En una época donde el fútbol parecía estar libre de negocios turbios, él construyó un equipo que marcó historia.
A aquellos que ahora buscan sacar provecho del deporte les diría: ¿de verdad creen que podrán pasar un camello por el ojo de una aguja? Miquel daba todo por su equipo; incluso habría vendido su alma por una victoria. Y aunque hoy muchos ponen flores en su tumba, no olvidemos lo esencial: él merece ser recordado no solo como un presidente sino como un símbolo del verdadero mallorquinismo.

