En una esquina emblemática de las Avenidas de Palma, el antiguo Bar Sagrera guarda recuerdos que van más allá de sus paredes. Ese lugar, donde hasta el mismísimo Franco disfrutó de unos caracoles en 1933, está a punto de convertirse en un edificio moderno de ocho plantas. ¿Quién diría que allí donde se servían platos tradicionales y se tejían historias ahora solo quedará espacio para un nuevo monocultivo turístico?
Juan Sagrera, el último eslabón de una familia con historia, nos cuenta cómo fue crecer en ese bar que antes era conocido como la Bodega Buenos Aires. «Yo nací aquí», dice señalando con nostalgia los alrededores. Su abuelo fundó el local y su padre continuó la tradición hasta que la falta de mantenimiento lo llevó a cerrar sus puertas hace ya diez años. Pero no solo eso; también refleja cómo ha cambiado toda la zona.
Un legado olvidado
A medida que las torres crecen a su alrededor, Juan recuerda los días en que todo eran solares vacíos. «Aquí había coches de choque y caballitos», dice mientras señala donde antes estaba el cine o el colegio La Salle. Con cada palabra, evoca una Palma más auténtica y menos saturada por edificios impersonales.
Aquel espacio familiar se convirtió en un punto de encuentro y ahora parece destinado a ser otro ladrillo más en la ciudad. Juan comparte su frustración al recordar cómo el banco dejó caer al bar sin piedad después de años luchando por mantenerlo a flote. Las obras ilegales acabaron con lo poco que quedaba y cuando finalmente cerró, le robaron todos sus recuerdos.
“Me ofrecieron 2.500 euros por renunciar al contrato”, comenta indignado. Ese contrato heredado, símbolo del esfuerzo familiar y la historia vivida entre esas cuatro paredes, ahora está tirado a la basura frente a las promesas del nuevo desarrollo urbanístico.
La transformación está asegurada: un edificio moderno tomará su lugar mientras queda la pregunta flotante sobre qué pasará con nuestra memoria colectiva si seguimos cediendo ante la voracidad inmobiliaria.

