El pasado domingo, Irán dio un paso polémico al ejecutar a Mohamad Reza Ghafari, un hombre que se había ganado el desprecio de miles tras encabezar un escandaloso fraude en la venta de vehículos. Este caso no es solo una historia más; es el reflejo de cómo las promesas vacías pueden devastar vidas. Años atrás, Ghafari, quien dirigía la empresa Nezayat Jodro Taravat Novin, prometió a más de 34.000 inversores coches a precios irresistibles, pero lo que recibió fue decepción y ruina.
En 2019, cuando su negocio comenzó a desmoronarse bajo el peso de las denuncias por irregularidades en Qazvin, quedó claro que solo alrededor del 4% de los compradores vieron cumplida su ilusión de tener un coche nuevo. En lugar de cumplir con sus promesas, Ghafari y su familia vivieron como reyes gracias al dinero recaudado inicialmente para pagar intereses a sus primeros inversores. Este tipo de comportamientos son los que nos hacen cuestionar la moralidad del sistema económico.
Un fallo que resonará en la memoria colectiva
A lo largo del juicio, quedó patente la magnitud del daño causado: más de 28.000 demandantes clamando justicia por unas vidas arruinadas. Hace cuatro meses, el Tribunal Supremo ratificó su condena a muerte, sentando un precedente inquietante sobre cómo se manejan los delitos económicos en Irán. Como si esto no fuera suficiente, las autoridades ya han comenzado a hablar sobre compensaciones para las víctimas —¿será este un consuelo suficiente?—.
No olvidemos que Irán es uno de los países con mayor tasa de ejecuciones en el mundo; esta noticia ha vuelto a abrir viejas heridas sobre la pena capital y su aplicación. Mientras tanto, muchos ciudadanos se preguntan: ¿es realmente esta la forma adecuada de abordar el problema? La historia no termina aquí; solo esperemos que sirva como lección para aquellos que juegan con el futuro ajeno.

