Cultura

Un viaje musical a través de ‘Die Walküre’: entre lo sublime y lo inquietante

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El pasado 14 de mayo, el Covent Garden de Londres se convirtió en un escenario vibrante donde pudimos disfrutar de Die Walküre, una obra maestra de Richard Wagner. Esta es la segunda entrega del épico ciclo El anillo del Nibelungo, que el teatro londinense ha decidido ofrecer una por temporada. La dirección musical, a cargo del talentoso Antonio Pappano, prometía mucho y, sin duda, cumplió.

Una puesta en escena cargada de simbolismo

Bajo la mirada atenta de Barrie Kosky, la producción se destacó por su impresionante orquestación y unos solistas vocales que dejaron huella. Sin embargo, lo teatral dejó algo que desear. La escenografía reflejaba un futuro post-apocalíptico donde los árboles quemados y las ruinas parecían gritar al público sobre nuestra realidad climática. En palabras de los creadores, esta visión surgió tras un viaje devastador a Australia donde los incendios arrasaron tierras enteras.

La última escena fue especialmente impactante; Wotan protagonizó un monólogo inolvidable mientras un árbol central ardía ante nuestros ojos. No obstante, algunas decisiones creativas resultaron cuestionables: como la aparición de Erda (Illona Linthwaite), cuya desnudez no aportó coherencia al relato que se estaba desarrollando. El segundo acto, ubicado en un Walhala anodino y vacío, parecía más bien una calle común con unas farolas mal colocadas.

Aun así, el talento musical brilló con fuerza gracias a Pappano y su orquesta wagneriana. Las notas fluyeron con tal elegancia que casi podías sentir cada acorde en el corazón. Las voces también hicieron su parte; Christopher Maltman entregó un Wotan sólido y carismático mientras Elisabet Strid dio vida a Brünnhilde con maestría. Por otro lado, Natalya Romaniw fue creciendo en su papel como Sieglinde hasta dejar una profunda impresión en el público.

Aunque algunos personajes estuvieron más débiles vocalmente—como Stanislas de Barbeyrac (Siegmund) o Marina Prudenskaya (Fricka)—no podemos pasar por alto la sobresaliente actuación de Soloman Howard como Hunding en su breve pero contundente intervención.

Así es como disfrutamos de esta experiencia operística: entre momentos sublimes y otros que nos dejaron pensando si realmente estábamos tirando a la basura oportunidades para hacer algo mejor en el teatro contemporáneo.

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