La sala estaba llena de tensión y emoción cuando el comisario mayor Mauricio Cassinelli, perito de la autopsia de Diego Armando Maradona, empezó a hablar. Su voz resonaba con una mezcla de autoridad y tristeza al relatar cómo el ídolo argentino había sufrido en sus últimos momentos. Según su testimonio, Maradona pudo haber estado agonizando hasta doce horas, un tiempo que nos deja helados.
Un corazón herido
Cassinelli describió un cuadro alarmante: el corazón del astro pesaba más del doble de lo normal y estaba acompañado por un edema generalizado que abarcaba todo su cuerpo. “Era evidente que esto no era cosa de un día”, afirmó, refiriéndose a la acumulación de agua en su organismo. Habló también de una miocardiopatía dilatada, algo que dejó claro que Maradona no tenía un corazón normal. En imágenes explícitas mostradas ante los presentes, se evidenciaron riñones enfermos y signos preocupantes como cirrosis hepática.
A medida que el perito iba desgranando los detalles, se podía sentir el peso emocional del momento. La hija de Maradona, Jana, tuvo que abandonar la sala antes de ver esas imágenes impactantes, incapaz de soportar tal dolor.
El informe final reveló que Maradona falleció por un edema agudo de pulmón secundario a insuficiencia cardíaca crónica reagudizada. Un diagnóstico frío para una vida tan vibrante como la suya.
Las sombras sobre esta historia son profundas. Un segundo informe forense contradijo las conclusiones iniciales y sugirió que su agonía fue mucho más corta. Pero eso solo añade leña al fuego en este drama judicial donde se juzga no solo la muerte del futbolista sino las decisiones tomadas por quienes estaban a su alrededor.
No podemos olvidar las acusaciones hacia médicos y psiquiatras encargados de cuidar a Maradona; unos señalados por negligencia y otros por falta de atención adecuada. En este escenario trágico, queda claro que la vida del ’10’ estuvo marcada tanto por el fútbol como por una lucha interna feroz.