En una tranquila biblioteca del IES Rosalía de Castro en Santiago, el escritor chileno Alejandro Zambra aguarda la entrega del XXVIII Premio San Clemente, un galardón que otorgan los estudiantes y que reconoce su obra Literatura Infantil. Este premio tiene algo especial; no es solo un trofeo, es el eco de las voces jóvenes que a menudo se pasan por alto. Zambra reflexiona con sinceridad sobre lo que significa este reconocimiento: “Es un premio completamente inesperado, perfecto. A esa edad, el diálogo en torno a los libros me remeció por completo”.
La historia detrás de las palabras
Zambra evoca a su abuela materna como la chispa que encendió su pasión por contar historias. Aunque su hogar no estaba repleto de libros, ella traía consigo una esencia literaria innegable. “Nunca la vi con un libro en las manos”, confiesa, “pero para ella escribir era expresar sentimientos y recordar vivencias muy intensas”. Sus noches se llenaban de relatos divertidos más que de cuentos de hadas; eran anécdotas vitales que le transmitían una visión del mundo tan única como entrañable.
Hablando sobre su relación con los libros, Zambra recuerda cómo devoraba pequeñas antologías en sus textos escolares: “Eso era una fiesta para mí”, dice con nostalgia. La literatura llegó después, pero siempre estuvo presente el amor por el lenguaje mismo.
A medida que profundiza en sus obras más recientes, menciona temas universales como la paternidad. En sus escritos explora las dinámicas entre padres e hijos desde una perspectiva honesta y crítica: “Creo que hay una trampa en formular la paternidad según tu experiencia como hijo”, reflexiona. Zambra ha vivido el privilegio de observar distintas formas de ser padre antes de embarcarse en esa travesía él mismo.
Finalmente, plantea preguntas difíciles sobre cómo definir la paternidad moderna y los estigmas relacionados con figuras como el padrastro o la madrastra: “Tienes que construirte a ti mismo porque la etiqueta no te sirve”. Una conversación profunda sobre cómo vivimos nuestro rol familiar hoy en día.
Zambra hace hincapié en que tanto el juego como la literatura son tiempos valiosos: “Existimos entre esas dos dimensiones; intentamos vivir según nuestro propio ritmo frente a esta dictadura del tiempo cronológico”. Su viaje personal nos invita a todos a repensar nuestras propias narrativas familiares mientras celebramos lo hermoso y complejo del vínculo entre padres e hijos.