La Associació de Veïns de Canamunt no puede quedarse callada ante el acoso inmobiliario que están sufriendo algunos de sus residentes. Una vecina, que prefiere mantener su nombre en el anonimato, nos cuenta lo ocurrido: «Esta mañana, dos hombres bien vestidos entraron en mi edificio y fueron piso por piso preguntando si alguno queríamos vender nuestro hogar». Lo increíble es que ofrecían dinero al contado y no dudaban en pedir directamente el contacto del propietario.
Ella, que vive de alquiler, se encontró frente a estos agentes sin saber muy bien qué pensar. «Les dije que no podía darles información y entonces me soltaron que había una gran demanda de viviendas… ¡pero para clientes extranjeros!»
Una comunidad en peligro
Estos jóvenes españoles, aparentemente educados, insistieron en que la situación estaba crítica: «Hay muchísima demanda de viviendas y no hay suficiente oferta». La vecina se siente atrapada por esta presión constante y reflexiona: «¿Cómo les voy a dar el teléfono del dueño? ¿Para qué? ¿Para que me echen y entre un extranjero con pasta?».
El cambio en su barrio es palpable. Asegura que muchas familias han tenido que marcharse recientemente: «Se han ido parejas con niños, compañeros del trabajo… Y cuando paseo por la plaza Raimundo Clar veo que las terrazas están llenas de guiris». Todo esto ha transformado los comercios del lugar; ya no hay frutería ni zapatero, solo cafeterías donde un café cuesta cinco euros.
A pesar de tener un contrato desde hace más de diez años y cuidar del piso como si fuera suyo, ella siente la presión cada vez más fuerte. En su buzón llegan anuncios a diario de inversores dispuestos a pagar al contado. Se pregunta inquieta: «¿Acaso todo este dinero negro está viniendo aquí desde Europa?».
Desde la Associació de Veïns reclaman firmemente el cese de estas prácticas agresivas y especulativas que amenazan la convivencia y el acceso a vivienda digna para todos los vecinos del barrio. «No queremos ser un escaparate para inversiones turísticas ni un parque temático para ricos extranjeros», afirman con contundencia. Al final del día, el derecho a una vivienda no puede convertirse en un simple negocio; nuestro barrio no está en venta.