En un giro inesperado, Tom Homan, quien fue el encargado de las políticas migratorias durante la administración de Donald Trump, ha decidido alzar la voz para defender lo indefendible. En sus recientes declaraciones, Homan aplaudió la expulsión de un grupo de venezolanos hacia El Salvador, afirmando que esto debería ser motivo de celebración. “Hemos echado a los terroristas. Debería ser motivo de celebración en este país”, expresó con firmeza.
Sin embargo, no todo es tan sencillo como él lo pinta. Según su relato, cuando se emitió una orden judicial para detener estas deportaciones, el avión ya estaba surcando aguas internacionales con los pasajeros a bordo: “lleno de terroristas y serias amenazas para la seguridad pública”. Un argumento que muchos consideran más una justificación que una realidad.
¿A quién beneficia realmente?
Homan no dudó en señalar que el presidente Trump había hecho “exactamente lo correcto”, basándose en una ley del siglo XVIII que permite utilizar antiguos poderes bélicos para acelerar las deportaciones. Pero hay algo inquietante detrás de esta maniobra. La administración estadounidense expulsó alrededor de 250 delincuentes internacionales —incluidos miembros notorios del Tren de Aragua y la Mara Salvatrucha— justo después de que un juez federal suspendiera temporalmente cualquier tipo de deportación bajo esta ley.
El presidente salvadoreño Nayib Bukele también se unió al espectáculo, bromeando sobre la llegada tardía del juez y mostrando que esta situación no es más que un juego político donde los derechos humanos parecen quedar tirados a la basura. Mientras algunos celebran estos actos como victorias en materia de seguridad nacional, otros nos preguntamos: ¿a qué precio? La deshumanización del migrante nunca debe ser motivo de orgullo ni celebración.