Desde su inicio en 1989, el proyecto del telescopio espacial James Webb ha recorrido un largo camino. Sin embargo, no fue hasta 2004 cuando comenzó su construcción. Ahora, gracias a un grupo de científicos de la Universidad de California en Riverside, estamos ante una revolución en la búsqueda de vida extraterrestre.
Imaginad esto: en lugar de seguir buscando oxígeno o agua, esos viejos conocidos que todos asociamos con la vida, han decidido dar un giro y enfocarse en otros elementos que son más fáciles de detectar. Hablamos de los haluros de metilo, unos compuestos orgánicos que aquí en la Tierra producen organismos vivos como plantas y algas. ¡Eso sí que es pensar fuera de la caja!
Un cambio necesario
Los astrónomos siempre han estado atados a sus métodos tradicionales, buscando señales como el ozono y el metano en las atmósferas de los exoplanetas. Pero ¿qué pasa? Estos gases tardan mucho tiempo en acumularse y llegar a ser detectables. Así que este nuevo método llega como un soplo de aire fresco: se centra precisamente donde hay más probabilidades de encontrar esas biofirmas directas.
A los científicos les emociona especialmente la posibilidad de utilizar esta técnica en planetas hicéanos; son aquellos gigantes llenos de hidrógeno con vastos océanos que podrían albergar vida. Y aquí es donde el telescopio James Webb brilla como nunca: su capacidad para analizar las atmósferas lejana lo convierte en el aliado perfecto para aplicar este novedoso enfoque.
Ciertamente, ser capaz de detectar estos haluros de metilo podría llevar solo unas 13 horas de observación. Es una mejora significativa respecto a lo que habíamos visto antes. Claro está, encontrar estos compuestos no significa que haya vida confirmada al instante; pero sin duda ofrece pistas emocionantes para seguir investigando más a fondo.