Todo sucedió en un rincón de la urbanización de Son Oliver, donde el silencio de la tarde se rompió con un crimen que dejó a todos boquiabiertos. Era marzo de 1982, cuando Manuel Díaz Larios, un fotógrafo conocido en la zona, perdió la vida a causa de disparos provenientes de un rifle Winchester. Su muerte no solo consternó a los vecinos; también marcó una época.
Una confesión impactante y confusa
El 17 de marzo, a eso de las seis y media, una mujer alemana llamada Inka Margitta Neumann, visiblemente alterada, llegó a casa de su vecina para soltar una bomba: «He matado a Manuel». La policía llegó al lugar, pero lo que vino después fue aún más desconcertante. Inka se retractó, alegando problemas con el idioma: «No me he expresado bien… Quería decir que han matado a Manuel». Pero ya era demasiado tarde; el horror había comenzado.
Cuando encontraron el cuerpo sin vida del fotógrafo, tendido en medio del salón y rodeado por un gran charco de sangre, las cosas empezaron a encajar. Le habían disparado desde muy cerca con una carabina calibre 22 largo. Todo apuntaba a que había sido sorprendido justo al salir del baño, sin posibilidad alguna de defensa.
A medida que avanzaban las investigaciones, quedó claro que la relación entre Inka y Manuel estaba lejos de ser idílica; sus discusiones eran pan de cada día. A pesar del aparente amor entre ellos —llevaban saliendo desde 1980—, los enfrentamientos se tornaban cada vez más intensos.
Finalmente, tras horas bajo presión psicológica y ante la evidencia acumulada por los investigadores, Inka reveló lo sucedido aquella noche fatídica: después de otra pelea acalorada, tomó la decisión fatal y disparó cuatro veces contra él casi a quemarropa. La escena era desgarradora.
Inka fue detenida y condenada por este acto tan brutal. En s’Aranjassa no se hablaba de otra cosa durante semanas; el caso había conmocionado a toda la comunidad. Nadie podía imaginarse que una relación marcada por rencores terminaría así: en tragedia absoluta.