En el complejo tablero de relaciones internacionales, el acercamiento entre Francia y Marruecos ha generado un terremoto en la ya frágil relación con Argelia. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? La respuesta se encuentra en un cúmulo de problemas no resueltos que se arrastran desde la época colonial, un legado que sigue causando estragos.
Desde hace meses, el clima entre Francia y Argelia se ha vuelto irrespirable. Los intercambios de acusaciones han crecido como espuma, especialmente tras los últimos movimientos diplomáticos de París hacia Rabat relacionados con el Sáhara Occidental. Este territorio, una antigua colonia española bajo ocupación marroquí, ha sido siempre un punto caliente en la región, y ahora más que nunca parece ser la gota que colma el vaso.
Tensiones históricas que resurgen
El desencadenante más reciente fue la detención del reconocido escritor franco-argelino Boualem Sansal a su regreso a Argelia. Su crítica abierta al régimen argelino le costó caro: acusado de actos terroristas, su arresto provocó una ola de indignación en Francia. Las autoridades galas han denunciado lo que consideran una represión creciente contra activistas y opositores por parte del gobierno argelino.
A medida que esta situación se intensificaba, Francia decidió revisar todos los acuerdos firmados con Argelia. Una decisión drástica impulsada por la negativa del país norteafricano a aceptar a varios argelinos detenidos y expulsados por Francia. Esta medida fue considerada “una provocación” desde Argelia, prometiendo acciones recíprocas ante lo que perciben como falta de respeto.
No podemos olvidar también el respaldo oficial francés al plan de autonomía propuesto por Marruecos para el Sáhara Occidental. Para muchos en Argelia, esto es un golpe bajo; llevan años pidiendo una solución justa al conflicto basado en la independencia del territorio saharaui.
Cada declaración hecha por líderes como Emmanuel Macron sobre este tema no hace más que avivar las llamas del resentimiento. Su reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental es visto como un acto destructivo desde Argelia. El presidente Teboune incluso llegó a decir que esta postura obliga a los saharauis a elegir entre “lo malo y lo peor”.
Aunque estas tensiones parecen ser nuevas para algunos, hay heridas profundas aquí; heridas abiertas desde hace décadas por las brutalidades coloniales y sus secuelas. Recuerdos dolorosos como la nacionalización de hidrocarburos en 1971 aún están frescos en la memoria colectiva argelina.
A medida que nos adentramos en estos tiempos inciertos, parece claro que las relaciones entre Francia y Argelia no solo están dañadas; están al borde del colapso total si no se aborda esta crisis con seriedad. Todo apunta a un futuro lleno de desafíos donde los intereses geoestratégicos seguirán marcando la pauta, dejando al Sáhara Occidental como uno de los principales damnificados ante esta espiral conflictiva.