Si nos detenemos un momento a observar el mundo que nos rodea, es fácil llegar a la conclusión de que estamos a las puertas de una época oscura. No quiero decir que en el pasado no haya habido momentos peores; claro que sí. Pero hoy, más que nunca, parece que la humanidad se enfrenta a un reto monumental. A veces, los seres humanos son capaces de actos grandiosos y desinteresados, pero también podemos transformar la vida en un verdadero infierno.
El regreso de la barbarie
Ese infierno del que hablo no solo se encuentra en lo etéreo; hay quienes lo organizan con mano firme. Recordemos cómo se estructuraron las atrocidades durante el franquismo: calabozos donde el sufrimiento era metódico y casi militarizado. Quienes gobernaban eran como demonios disfrazados, exhibiendo su fe religiosa mientras mantenían un control férreo sobre todo y todos.
Hoy, esos nuevos bárbaros han llegado al poder con una apología de la superficialidad y la mentira. Han convertido el deseo desenfrenado de lucro en su religión. Pensamos en las palabras de Paul Valéry: vivimos tan rápido que apenas tenemos tiempo para asimilar los cambios a nuestro alrededor. Este ritmo frenético está afectando nuestra forma de pensar y vivir.
Además, autores como Freud nos advierten sobre la búsqueda incesante de felicidad en medio del caos. El dilema entre amor y muerte sigue presente; todo ello mientras luchamos contra un sistema que prioriza el éxito material por encima del bienestar colectivo.
Huxley ya imaginó un futuro distópico donde las emociones son manipuladas; Orwell retrató sociedades bajo vigilancia totalitaria donde disidentes desaparecen sin dejar rastro. Pero aun así, siempre hay quienes se atreven a rebelarse contra esa tiranía.
Es crucial recordar estas visiones proféticas y reflexionar sobre cómo esos nuevos bárbaros están reestructurando nuestras realidades. Quizás no estemos viviendo los peores tiempos, pero definitivamente asistimos al resurgir de antiguos demonios disfrazados.