El mundo del tenis ha sido testigo de momentos inolvidables, pero también de episodios oscuros que nos sacuden la conciencia. La semana pasada, Emma Raducanu, una joven promesa del tenis británico, se encontró en una situación desgarradora durante su partido en Dubái. Mientras luchaba en la pista, sus lágrimas surgieron al darse cuenta de que un aficionado acosador estaba presente en las gradas. Este no es un hecho aislado; Raducanu ya había vivido situaciones similares antes y el miedo se había convertido en un compañero constante desde entonces.
Un patrón preocupante
No podemos ignorar que este tipo de experiencias son más comunes de lo que pensamos. Chris Evert fue una de las primeras en padecerlo, cuando un extraño se coló en su casa mientras ella competía en Wimbledon y decidió vivir escondido en su armario durante días. ¿Qué lleva a alguien a hacer esto? Las respuestas son inquietantes. Según estudios, el 77% de las mujeres españolas han sufrido acoso callejero alguna vez.
Y no solo ellas. A lo largo de los años, figuras icónicas como Monica Seles y Serena Williams también han sido víctimas del acoso obsesivo por parte de fanáticos perturbados. Desde apuñalamientos hasta amenazas directas, el deporte debería ser un refugio seguro para todos, pero lamentablemente esto no es así.
Incluso Juli Takacs recuerda con desdén un incidente desagradable mientras entrenaba. Un hombre borracho la siguió en su coche y aunque ella pudo salir adelante sin secuelas visibles, es innegable que ese miedo persiste entre muchas mujeres. Historias como estas nos hacen reflexionar sobre la normalización del miedo cotidiano al volver a casa o al salir solas por la noche.
Así que cada vez que veamos a una atleta destacando por su talento, recordemos también los desafíos invisibles que enfrentan fuera del campo. No deberíamos permitir que estas sombras empañen el brillo del deporte; debemos alzar nuestras voces y exigir cambios para erradicar esta lacra social.