La situación en la planta térmica de Zaporiyia se ha vuelto un auténtico campo de batalla, no solo por las bombas que caen, sino por el impacto directo que estas tienen en la vida de más de 50.000 personas. Este viernes, las autoridades prorrusas han alzado la voz denunciando «daños críticos» en los equipos de la planta, tras un ataque con artillería lanzado por el Ejército ucraniano. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar?
Un apagón que duele
El Ministerio de Energía provincial no se ha quedado callado y ha comunicado a través de Telegram que poco antes de medianoche, las fuerzas ucranianas abrieron fuego contra esta instalación clave. Aunque afirman que no hay víctimas ni heridos entre los trabajadores o civiles, lo cierto es que el apagón resultante está afectando seriamente a localidades como Energodar, Kamenka-Dneprovski y Veselovski.
Mientras tanto, los ingenieros están trabajando sin descanso para restablecer el suministro eléctrico. En un intento por calmar a la población, han pedido que mantengan la calma y estén atentos a los comunicados oficiales. Pero ¿quién puede estar tranquilo ante una situación así? La incertidumbre está en el aire.
A todo esto, según informaciones de la agencia rusa TASS, este ataque también ha cortado indefinidamente el funcionamiento de la única línea que suministraba apoyo a la central nuclear de Zaporiyia. Y mientras especialistas analizan los daños, Kiev guarda silencio sobre este episodio escalofriante.
La tensión se siente en cada rincón desde hace días, especialmente después del cruce de acusaciones entre Kiev y Moscú sobre la suspensión del personal del Organismo Internacional para la Energía Atómica (OIEA) en esta misma central. Rafael Grossi, director general del OIEA, ha confirmado que dicha rotación fue cancelada debido a la «intensa actividad militar», pese a las garantías dadas por ambas partes. ¿Qué tan seguros podemos estar cuando todos juegan con fuego?