La historia de España está llena de matices, pero hay una parte que a veces queda en la sombra. La profesora de la Universidad de Valencia, Zira Box, se adentra en este tema con su estudio ‘La nación viril’, donde examina cómo la Falange intentó moldear la cultura y el arte durante un periodo convulso para evitar lo que ellos llamaban el ‘afeminamiento’ del país.
Agrio enfrentamiento entre estilos artísticos
Desde los tiempos previos a la Guerra Civil, figuras como Miguel de Unamuno ya advertían sobre esta dualidad. Para él, existía una España austera representada por artistas como Ignacio Zuloaga, frente a otra más vitalista y alegre encarnada por el genial Joaquín Sorolla. Pero tras el conflicto, los falangistas no dudaron en descalificar al pintor valenciano. Lo veían como ‘superficial’ y ‘suave’, mientras buscaban construir una nación más dura y viril, lejos de las suaves olas del Mediterráneo.
Zira Box explica que esta idea de una España viril fue más un deseo que una realidad palpable. Era parte del discurso regeneracionista que definió a los vencedores tras la guerra. Al fin y al cabo, decían que la verdadera esencia española debía estar marcada por atributos masculinos. Sin embargo, eso nunca se tradujo en una representación artística coherente; al contrario, muchos se sintieron desplazados.
A través de su investigación, Box nos lleva a explorar cómo esos ideales impactaron en el mundo del arte, donde se prefería ensalzar figuras como Zuloaga en detrimento del colorido vibrante de Sorolla. Y es curioso pensar cómo incluso las propias fiestas tradicionales como las Fallas sufrieron intentos de ser virilizadas; pretendieron convertir una celebración popular en algo más controlado e ideológico.
A pesar del desdén hacia lo mediterráneo y alegre, Valencia fue uno de los pocos lugares donde aún se valoraba el legado de Sorolla. En 1944 hubo incluso exposiciones dedicadas a su obra gracias a sus alumnos y seguidores. Un rayo de luz en un panorama sombrío.
No obstante, esas ansias por transformar tradiciones festivas chocaron con la realidad; intentaron reconfigurar las Fallas para eliminar todo rasgo considerado afeminado o vulgar. Pero al final resultó ser otro deseo fallido del falangismo: lo auténtico siempre prevaleció sobre sus estrictas normas.