Ana Paula Santos, una mujer valiente y llena de vida, aterrizó en Palma con tan solo 31 años. Era alta, alegre y siempre dispuesta a enfrentarse al mundo sin pelos en la lengua. La historia de Ana comienza en 1981, cuando decidió dejar atrás su Portugal natal junto a su novio José Manuel, un joven de 25 años. Juntos soñaban con un futuro mejor en el vibrante Barrio Chino de la isla. Pero esa ilusión se tornó rápidamente en pesadilla.
Un descubrimiento macabro
El 22 de septiembre de ese mismo año, el casero del piso donde vivían irrumpió en la casa, inquieto por no tener noticias de la pareja desde hacía días. Lo que encontró fue escalofriante: el cadáver en avanzado estado de descomposición de Ana, y tres puñaladas mortales en su espalda. Una imagen que impactó a toda la comunidad.
Ana había llegado a Palma tras vivir unos años complicados en París, donde también ejercía la prostitución. Allí habían tenido problemas con las autoridades y decidieron cambiar radicalmente de vida al llegar a Mallorca. Se instalaron en una miserable pensión antes de mudarse al número 5 de la calle Vidrio.
Septiembre ardía aquel año y los vecinos empezaron a quejarse del hedor que emanaba del piso; nadie imaginaba que detrás estaba el cuerpo inerte de Ana. Sus compañeras recordaban cómo siempre estaba cerca: ‘Siempre estaba por aquí con nosotras’, comentaban entre susurros. Sin embargo, durante esos días todo cambió; Ana desapareció sin dejar rastro y todos pensaron lo peor: ¿Acaso se había ido con José Manuel?
La verdad resultó ser aún más oscura. Cuando finalmente las autoridades llegaron al lugar del crimen, tuvieron que usar máscaras debido al nauseabundo olor que invadía el ambiente. El hallazgo fue desgarrador; ella yacía desnuda en un pequeño cuarto baño, mientras dos cachorros pekineses también fueron encontrados allí sin vida.
Las sospechas comenzaron a centrarse rápidamente sobre José Manuel D.S.G., quien había desaparecido como si nunca hubiera existido. Aparentemente había tenido una pelea monumental con Ana justo antes de su desaparición, algo común entre parejas pero ahora sonaba inquietante. La búsqueda del joven se intensificó y fue catalogado como sospechoso principal.
No obstante, no era el único bajo el radar; pronto apareció un turbio sueco relacionado con el hampa local cuya conexión con Ana levantó aún más sospechas entre los investigadores.
Así quedaba sellada esta historia llena de misterio e interrogantes sin respuesta: ¿Quién mató realmente a Ana? Su vida terminó trágicamente mientras buscaba pertenencia y aceptación; un recordatorio doloroso sobre las luchas personales detrás del telón social.