Imagínate un lugar donde el sol brilla y las risas se mezclan con el sonido de las olas. Eso es Magaluf, un paraíso que ha recorrido un largo camino desde sus días más oscuros. Miguel Lazareno, socorrista desde 1999, acaba de cerrar una temporada más en la famosa Punta Ballena. Y vaya si ha cambiado el panorama.
Recuerda aquellos años en los que la playa era un festín de excesos. Robos, peleas y turistas desmayados por el alcohol eran pan de cada día. Pero hoy, esa historia parece lejana. “He vivido la peor época de esta playa y también la mejor”, dice Miguel con una sonrisa en su rostro. Su testimonio es oro puro para quienes han visto cómo este rincón del mundo ha evolucionado.
Del desmadre a la calma familiar
A finales de los 90, despertar a turistas ebrios tirados en la arena era parte del trabajo diario. “Tenías que orientarlos hacia su hotel, algunos incluso habían sido víctimas de robos o agresiones”, recuerda Miguel mientras rememora esos tiempos difíciles. En 2014, tuvo que lidiar con un episodio caótico provocado por un consumidor bajo los efectos de lo que él llama ‘droga caníbal’. “Fue complicado; tenía que reducirlo y traerlo a la orilla mientras varios policías estaban al acecho”, narra con seriedad.
Hoy las cosas son diferentes. En una última década sin ahogamientos fatales, el trabajo preventivo ha hecho maravillas. Con solo cinco socorristas en servicio, los incidentes han disminuido drásticamente. Las familias han tomado el relevo y el ambiente ahora respira paz: “La playa está limpia y no hemos tenido ningún ahogado en diez años; eso nos llena de orgullo”, afirma Miguel.
Aquellos días locos donde todo se descontrolaba tras las comidas ya son historia; ahora hay jóvenes acompañados por sus familias disfrutando tranquilamente del sol y el mar. No obstante, Miguel no olvida lo vivido: “Recuerdo cuando desembarcaron a dos primos ebrio; uno estaba inconsciente”. La memoria se aferra a esos momentos como recordatorios del pasado.
Pero claro, no todo ha sido negativo; también hay anécdotas surrealistas como aquel turista durmiendo sobre el techo de la torre del socorrista: “No podía creérmelo hasta que lo vi”, ríe Miguel al contar cómo tuvieron que llamar a los bomberos para rescatarlo.
A pesar de algún altercado aislado con carteristas o turistas revoltosos, hoy Magaluf brilla con luz propia como una playa tranquila y familiar. Como bien dice Miguel: “Las últimas temporadas han sido muy buenas; aquí ya no hay lugar para el exceso”. Así es cómo este rincón mediterráneo resurge entre recuerdos gratos y un futuro prometedor.

