FRÁNKFURT, 1 de noviembre. La noche del pasado sábado se convirtió en un verdadero campo de batalla en las calles de Frankfurt. Más de 100 policías resultaron heridos, y el ministro del Interior del estado de Hesse, Roman Poseck, no pudo ocultar su preocupación. Uno de los agentes sufrió lesiones graves al recibir una piedra que le costó varios dientes. ¿Qué está pasando en nuestras ciudades?
El estallido de la violencia
La policía no escatimó esfuerzos y movilizó a 1.300 efectivos, pero eso no fue suficiente para controlar a la multitud enfurecida que buscaba enfrentarse a las autoridades. Se detuvo a 54 personas, jóvenes entre 13 y 29 años, la mayoría con nacionalidad alemana. Es alarmante pensar que muchos son vecinos nuestros.
A lo largo de la noche, se registraron numerosos daños: 17 establecimientos afectados, cinco de ellos saqueados. La situación se tornó caótica, con un total de 87 denuncias penales presentadas y más de 1.200 órdenes para abandonar espacios públicos específicos debido a estos incidentes.
Pese a las especulaciones sobre el origen de los alborotadores, Poseck fue claro: no hay indicios que sugieran que fueran enviados desde el extranjero; muchos venían incluso desde localidades cercanas. De hecho, entre 1.000 y 1.500 personas estaban listas para desatar disturbios, procedentes mayormente de entornos migrantes.
Aunque el día había transcurrido mayormente en paz durante las protestas juveniles convocadas por Gen Z Regelt (La Generación Z se encarga), este estallido violento empañó lo que debió ser una jornada reivindicativa por una educación digna y justicia social ante el creciente coste de vida.

