La acampada en Palma ha levantado la voz con fuerza, recordándonos que Maricarmen no ha muerto, la han asesinado, y su crimen es el desalojo que sufrió. Este acto de despojar a alguien de su hogar no solo deja a una persona sin refugio, sino que también revela una lucha más profunda contra un sistema que parece estar dispuesto a arrojar a la gente a la calle sin piedad.
Un clamor comunitario
Aina Vidal, portavoz del movimiento, lo expresó de forma contundente: «No ha muerto, l’han assassinat expulsant-la de ca seva i dimonitzant-la». Estas palabras resuenan en nuestras conciencias y nos invitan a reflexionar sobre cómo el monocultivo turístico arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Mientras las grandes corporaciones se frotan las manos por los beneficios económicos, ¿qué queda de las vidas humanas?
La situación en Can Picafort se vuelve cada vez más crítica; cada día escuchamos noticias sobre nuevas ocupaciones en la costa, como si el cemento pudiera reemplazar el tejido social que tantas familias han construido durante años. Por eso hoy más que nunca debemos unirnos y hacer eco de este clamor por justicia. No podemos permitir que nuestra comunidad siga siendo tratada como un simple recurso para llenar bolsillos ajenos.

