Las playas, ese tesoro que todos disfrutamos, están más saturadas que nunca. Este verano, la escena era casi de película: familias compitiendo por un espacio en la arena mientras los socorristas se afanaban por contar a los bañistas. ¿Es esto lo que queremos? En medio de esta locura, el Govern ha decidido invertir cuatro millones de euros en sensores inteligentes para controlar la afluencia. Pero, ¿realmente es la solución?
¿Una respuesta efectiva o solo otro parche?
La realidad es que hemos pasado de ser una Mallorca agrícola a convertirnos en un monocultivo turístico en cuestión de dos generaciones. Y ahora nos preguntamos si esos cuatro millones van a cambiar algo o simplemente terminarán tirándose a la basura, como tantas otras iniciativas que han quedado en el aire. Entre tanto ruido y cifras elevadas, nos queda el eco de las voces que piden un cambio real.
El verano pasado fue un récord absoluto en turismo extranjero y eso debería hacernos reflexionar. Desde luego, no todo está perdido; hay alternativas y personas dispuestas a luchar por ellas. Sin embargo, mientras continuemos viendo nuestras playas como meros espacios comerciales, seguiremos perdiendo lo que verdaderamente importa: nuestra esencia y calidad de vida.

