En marzo de 2011, un joven Magnus Carlsen, el prodigio noruego del ajedrez, aterrizó en Mallorca. Con apenas veinte años, ya había comenzado a hacer ruido en el mundo del tablero y era conocido como uno de los grandes. Este viaje no solo fue una simple visita; fue un momento clave en su carrera. Se alojó en el hotel Playa Golf durante su concentración para el programa Winter Chess, impulsado por Sebastià Nadal. Allí, empezó a forjar su legado.
Pero ¿quién era realmente Magnus? Un chaval que acababa de separarse de Garry Kasparov, su mentor y leyenda viva del ajedrez. Estaba listo para enfrentarse al Torneo Melodi Alber en Mónaco y la presión era palpable. El mundo estaba ansioso por ver si podría convertirse en campeón mundial; dos años después lo lograría con cinco títulos consecutivos.
Un duelo con los mejores
El ambiente durante aquella jornada de simultáneas era electrizante. Con una seriedad que contrastaba con su naturaleza temperamental, Carlsen se sentó frente a veinticinco oponentes elegidos tras un riguroso corte. Su objetivo: demostrar que bajo esa apariencia fría hay un genio que puede deslumbrar a cualquiera. Y vaya si lo hizo: solo tres tablas cedió ante rivales locales como Juan Cubas y Ehsan Ali.
Aquel mismo año, este talento desbordante se proclamó campeón de la final del Grand Slam en Bilbao y Sao Paulo, empatando con Vasil Ivanchuk y ganando tras unas partidas rápidas que mostraron su increíble agilidad mental.
Y así fue como un joven Magnus pasó por Mallorca dejando no solo su talento, sino también una conexión especial con los aficionados al ajedrez de la isla. Su nombre resonaría junto al de otros grandes maestros como Kasparov y Fischer; un recuerdo imborrable para todos aquellos que tuvieron la suerte de cruzarse en su camino.

