En un giro que sorprende a muchos, el Consell ha decidido no tocar la capacidad de crecimiento turístico ni la presión sobre el suelo rústico. Mientras algunos levantan la voz en protesta, otros se preguntan si realmente estamos priorizando lo que importa. Y es que en Palma, las promesas vuelan como hojas al viento, pero ¿de qué sirven si al final del mes seguimos con las mismas preocupaciones?
¿Qué pasa con nuestra tierra?
Las trabajadoras de las escoletes lo dicen claro: «Una promesa no paga el alquiler». Un grito desesperado que resuena en cada rincón. Aquí estamos, viendo cómo nuestros espacios naturales se convierten en resorts y apartamentos turísticos, mientras la comunidad lucha por encontrar un lugar donde vivir. La presión es insostenible y parece que nadie quiere tomar cartas en el asunto.
Por otro lado, hay noticias sobre una nueva residencia pública en Bunyola para 2027, pero ¿es eso suficiente? Entre lágrimas y frustraciones, personajes como Pilar nos muestran la cruda realidad: «He cotizado 40 años y ahora duermo en el coche». ¿Dónde queda la dignidad ante tantas injusticias?
Nos enfrentamos a un futuro incierto donde los fondos buitre parecen tener más derechos sobre nuestras casas que nosotros mismos. Es hora de decir basta y luchar por lo que nos pertenece; nuestra tierra merece ser protegida.

