En la reciente jornada en Mestalla, Mikel Oyarzabal se dejó ver de rodillas sobre el césped, golpeando con frustración la hierba tras fallar una oportunidad clara. Ese momento, un reflejo del dolor que siente cualquier jugador ante la sequía goleadora, marcó otro partido más sin que el capitán txuriurdin lograra anotar. Ya van ocho encuentros en esta temporada sin sumar un solo tanto a su cuenta personal. Pero este fenómeno no es algo nuevo; parece casi un ritual de inicio de curso para él.
Un patrón familiar
A lo largo de su trayectoria en la Real Sociedad, Oyarzabal ha enfrentado temporadas similares. En su debut, allá por 2015-16, tuvo que esperar hasta el décimo partido para gritar su primer gol; y en la siguiente campaña no vio puerta hasta el decimoctavo encuentro. La historia se repite: largas rachas sin marcar que contrastan con explosiones de goles cuando finalmente logra afinar la puntería.
Hay quienes podrían desanimarse ante tal situación, pero Mikel tiene esa capacidad especial para volver a encontrar su ritmo. En ocasiones anteriores logró reponerse después de periodos difíciles y terminar la temporada con cifras notables. Por ejemplo, en 2019-20 comenzó fuerte y terminó con 13 goles, incluso tras atravesar una sequía de 14 partidos sin marcar.
Aunque ahora nos encontramos en ese ciclo donde parece que los balones no entran, hay esperanza: siempre llega ese primer gol y luego todo cambia. Nos recuerda a esos momentos donde los jugadores pasan por altibajos antes de brillar nuevamente. Así es el fútbol y así es Mikel Oyarzabal; un guerrero que seguramente encontrará su camino al gol muy pronto.

