El 19 de septiembre nos llega desde Madrid una noticia que resuena con fuerza: el Ministerio de Defensa ruso ha declarado la captura de cinco localidades en Ucrania, un movimiento que no podemos ignorar. Según informan, Loshakovo y Komissarovo, ubicadas en Járkov, junto a Marievka y Gulevo en Donetsk, además de Zelena Dibrova en Zaporiyia, han caído bajo control ruso como parte de esta ofensiva militar. Ellos afirman que sus tropas están avanzando «a un alto ritmo en todas las direcciones», lo que nos deja pensando sobre el impacto real de estos avances.
Una ofensiva que no cesa
En sus declaraciones, el Ministerio señala que desde enero han logrado liberar más de 5.300 kilómetros cuadrados y más de 220 poblaciones. Solo en este mes de septiembre se habla de más de 670 kilómetros cuadrados recuperados y 27 localidades bajo bandera rusa. Lo curioso es cómo atribuyen todo esto al Séptimo Grupo de las Fuerzas Armadas rusas, encargados del avance en Sumi y Járkov para «crear un cinturón de seguridad» fronterizo. Sin embargo, la situación no se limita a números; hay vidas humanas detrás.
A partir del 5 de septiembre, hemos visto la ocupación de nueve localidades adicionales: Berezniki, Ozernoye… Entre otras. En Zaporiyia la ofensiva sigue adelante con grupos como Vostok y Dnepr tomando terreno rápidamente; se mencionan nombres como Chervonaya Krinitsa o Novoandreyevka como nuevos puntos estratégicos bajo control ruso.
No obstante, mientras esto ocurre en el frente, el gobernador militar de Odesa ha dado la voz de alarma sobre un ataque a infraestructuras civiles durante la noche anterior. Un fuego devastador ha impactado edificios administrativos e incluso viviendas sin reportar víctimas hasta ahora. Es difícil no sentir angustia ante este tipo de noticias; ¿hasta dónde llegará esta guerra?

