El Real Mallorca nos presenta una plantilla este año que, a simple vista, debería ser prometedora. Con una buena cantidad de jugadores en las bandas, podríamos esperar un juego más dinámico y emocionante. Pero la realidad es que Luvumbo, Cerdà, Roca y Liso parecen estar perdidos en el campo, como si tuvieran un cartel de ‘prohibido brillar’ colgado en la espalda.
¿Qué está pasando con los extremos?
La temporada pasada ya fue dura, con escasez de extremos que limitaban nuestras opciones ofensivas. Ahora, Pablo Ortells ha hecho su trabajo al incorporar a varios jugadores para esta posición crítica. Sin embargo, cuando llega el momento de actuar en el terreno de juego, estos futbolistas parecen más fantasmas que protagonistas. En el partido contra el Eldense, donde el rival cierra las líneas por dentro como si estuvieran jugando a las damas y nosotros a ajedrez, se hace imprescindible que los hombres de banda estén más activos.
Uno de los problemas más evidentes es la lentitud con la que movemos el balón. La verdad es que necesitamos velocidad y agresividad al atacar; no podemos permitirnos dar tiempo al rival para organizar su defensa. A medida que pasan los minutos y seguimos sin generar sorpresas, el juego se vuelve predecible y aburrido.
Luvumbo parece ser quien más intenta romper esa monotonía; sin embargo, ni él ni sus compañeros están en su mejor forma. Aunque intenta abrirse hacia afuera para dejar espacio a Miguel Calatayud, sus decisiones parecen no acertar del todo. Por otro lado, Josep Cerdà está en un estado casi invisible: tan solo completó seis pases antes de ser sustituido ante el Eldense… ¿Seis? Eso es casi nada para alguien con talento como él.
Aquí radica uno de nuestros mayores retos: hemos reforzado un área crítica del equipo pero debemos encontrar formas efectivas para activar a esos extremos. No sirve de nada tener jugadores si no se les permite contribuir al juego colectivo. Si conseguimos hacerles partícipes y crear situaciones ventajosas para ellos en cada ataque, tal vez podamos descubrir ese arsenal ofensivo escondido tras la cortina del monocultivo turístico del fútbol actual.

