Palma

Cerca de 600 personas se despiden del verano en el último sopar a la fresca de Brunzit en el Born

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El Born se llenó hasta los topes este miércoles por la noche, con casi 600 vecinos que decidieron unirse al último sopar a la fresca de Brunzit. En un verano marcado por reivindicaciones y luchas, este encuentro no fue solo una cena, sino una auténtica celebración comunitaria. Con las terrazas retiradas, el paseo se transformó en un espacio donde recordar tiempos pasados; algo así como volver a vivir lo que algunos veteranos llamaban «El Tontódromo».

Una comunidad que no se rinde

Entre risas y anécdotas, DJ Aparicio, conocido como ‘el alcalde de la noche’, compartía su nostalgia: «Antes veníamos aquí a ligar y ahora parece que todo está reservado para los turistas». La escena era curiosa; guiris sacando fotos mientras unos jóvenes preparaban un trampó gigante. Era una mezcla de culturas: alemanes perdidos preguntando qué celebrábamos y un inglés intentando averiguar el precio de un pamboli.

A pesar de que el Ajuntament había negado permiso para esta celebración, los organizadores no se dejaron desanimar. Buscaron apoyo en Delegación del Gobierno y lograron abrir las puertas del Born a todos los que querían disfrutar de una noche especial. Como bien comentaban desde la organización, «la negativa del Ajuntament es clara: quieren dejar fuera a la ciudadanía y convertir nuestros espacios en un decorado turístico». Y es que, tras nueve convocatorias anteriores, más de 4.000 personas han participado en estos encuentros; eso sí es señal de vida comunitaria.

Aunque hubo presencia policial, Brunzit siempre ha sido sinónimo de paz y buena vibra. Los asistentes estaban listos para disfrutar sin conflictos ni preocupaciones. «Queremos recuperar nuestras plazas», decían con fuerza algunos participantes como Catalina y Susana, quienes nunca habían disfrutado del Born como lo hicieron esa noche: «Es genial ver el espacio vacío de terrazas; ¡es nuestro turno!». Al final del día, todos pagamos impuestos para disfrutar nuestra ciudad. Así que en esta despedida veraniega, quedó claro: Palma necesita ser habitada por sus propios residentes.

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