Todo comenzó en junio, cuando una delegación talibán hizo su aparición en la Unión Europea. Fue un momento que dejó claro algo que muchos ya sabíamos: el régimen talibán se ha consolidado como la única autoridad en Afganistán. Aunque Rusia fue la primera en abrir las puertas, hoy por hoy, países como Irán, India y varios del Golfo están tejiendo relaciones más fuertes con Kabul. ¿Por qué? La respuesta es clara: intereses económicos y la necesidad urgente de evitar un desastre humanitario total.
Un panorama complicado
A pesar de este baile diplomático, no todo es paz y armonía. En 2026, el conflicto con Pakistán ha estallado de forma alarmante. En febrero, Pakistán bombardeó Kabul, dando inicio a lo que su ministro de Defensa llamó una «guerra abierta» contra los talibanes. La intervención china fue crucial para intentar calmar las aguas, pero las tensiones siguen ahí; Pakistán acusa a los talibanes afganos de refugiar y financiar a sus propios grupos extremistas.
Cada enfrentamiento resulta en cierres temporales de pasos fronterizos vitales para la economía afgana, como el famoso Torjam. Los analistas paquistaníes ven un cambio en el régimen talibán; ahora parecen más atrevidos tras lograr cierta legitimidad internacional. Un informe del Instituto Paquistaní de Estudios sobre Conflictos reveló que 2025 fue un año trágico: más de 3.400 muertos debido a hostilidades, un incremento alarmante respecto al año anterior.
Y mientras tanto, desde octubre de 2023, Pakistán está llevando a cabo una campaña brutal de deportación masiva que ha forzado a más de 2,5 millones de afganos a regresar a su país natal. Si sumamos los retornos desde Irán, esta cifra asciende casi a seis millones. ONG como el Consejo Noruego para los Refugiados advierten que esta situación traerá desafíos enormes para Afganistán en el futuro cercano.

