Cultura

La noche en que Nureyev iluminó Benidorm con su arte y sus caprichos

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Era el 13 de agosto de 1990, un día cualquiera en Benidorm, la ciudad que nunca duerme, famosa por su turismo de masas y sus discotecas repletas de jóvenes. Pero esa noche era diferente; Rudolf Nureyev, la leyenda viva de la danza, se había decidido a actuar en un escenario poco convencional. ¿Quién lo iba a decir? El hombre que había deslumbrado al mundo en lugares como el Teatro Kírov o la Royal Opera House había elegido bailar para 800 afortunados en el Benidorm Palace.

Un artista exigente y carismático

Nureyev, nacido en un tren en Rusia y fallecido años después a causa del sida, tenía un aura que dejaba sin aliento. A pesar de sus 52 años y lejos de su esplendor juvenil, seguía siendo capaz de realizar esos saltos impresionantes que nos hacían creer que volaba sobre el escenario. Sin embargo, no todo fue perfecto esa noche: llegó con 45 minutos de retraso debido a los problemas durante los ensayos. Aun así, aquellos privilegiados no se fueron decepcionados.

No obstante, lo que realmente dejó boquiabiertos a los organizadores fue lo que vino después. Nureyev exigió una planta entera del lujoso hotel Don Pancho para él y su séquito; eso sí, no podían estar mezclándose con turistas ajenos a su mundo. Las condiciones eran más propias de una estrella internacional: quería un mayordomo personal, un masajista y hasta un médico “bueno”. Imagina la cara de los promotores cuando leyeron esas cláusulas. Para ellos, acostumbrados a artistas más terrenales como Camilo Sesto o Rocío Durcal, esto era un auténtico reto.

Aún así, la fiesta posterior prometía ser espectacular. Tras el aplauso cerrado del público en el teatro, Nureyev se dirigió al club nocturno Nabab. El lugar estaba preparado para recibirle con todos los honores; incluso incluyeron a un relaciones públicas vestido como ángel drag para asegurar que todo estuviera bajo control. Pero nada salió según lo planeado cuando apareció Jerry, un joven holandés encargado de captar público para la discoteca.

Nureyev mostró interés por Jerry pero rápidamente se tornó incómodo; tras una conversación algo confusa e interrumpida por las traducciones del ángel drag, decidió dar por concluida la fiesta antes de tiempo. Y así terminó una noche única en Benidorm: entre risas nerviosas y miradas incrédulas ante las excentricidades del gran bailarín.

Esa fue la última vez que Rudolf Nureyev bailó en España antes de dejar este mundo tres años después. Su frase resonará siempre: «Vives mientras bailas».

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