En una soleada tarde de verano en Palma, dos amigos se encuentran en un portal, entre risas y recuerdos de partidos emocionantes. «¡Qué día tan increíble hemos tenido!», dice uno, recordando el golazo que Haaland le metió a Brasil. Esos momentos hacen vibrar el corazón, como el impresionante tanto de Cabo Verde contra Argentina.
Charlas de fútbol y sueños perdidos
El ambiente es distendido, pero la pregunta queda en el aire: «¿Te subes a casa o te vas rápido como Haití y Uruguay?» La respuesta se asoma con un toque de nostalgia. «Creo que me iré. Tengo clase de remo con mi profesor noruego, que por cierto rema tanto como Messi en la cancha.» En este rincón del mundo, cada conversación está llena de referencias al fútbol, donde las emociones fluyen como el agua del mar.
Entre risas también hay espacio para la tristeza; Neymar ha dejado su huella tras un partido complicado. «No lo he visto triste del todo», comenta su amigo. Pero todos saben que Lamine todavía tiene mucho que demostrar ante Francia.
Aquí no solo se habla de futbolistas; también surgen teorías locas sobre conspiraciones mundiales. Uno menciona una cena secreta entre Trump y Prohens en un hotel mallorquín. «Lo he oído por ahí», dice con picardía mientras espera su bus. “Pero claro, eso es un secreto.” Y así van desgranando ideas locas sobre cómo Scaloni podría volver a Mallorca como campeón.
La charla continúa, pasando por los penaltis fallidos de Messi y las decepciones del equipo alemán; todos saben que la cerveza ahoga las penas en Platja de Palma. Al final, entre risas y lamentos por haber perdido la clase de remo, ambos amigos deciden regresar a casa, sintiendo el calor del sol sobre sus pieles mientras discuten si seguirán soportando este caluroso verano.
Todo forma parte del juego: perder y ganar son solo partes del amor mundialista que nos une.

