Era febrero de 1992, un mes frío que dejó una huella imborrable en la barriada de El Vivero, en Palma. Un niño de apenas ocho años se convirtió en víctima de un suceso que todavía hoy resuena en los oídos de quienes lo vivieron. Fue raptado por un individuo perturbado, quien lo llevó a un edificio abandonado con intenciones criminales. Intentó abusar de él, y cuando el pequeño gritó pidiendo ayuda, el monstruo le tapó la boca con un trapo y comenzó a golpearlo sin piedad.
El día 7 de aquel mes, todo parecía normal mientras los niños jugaban en la calle. Pero a las seis de la tarde, ese inocente juego se tornó en una pesadilla. Un joven se acercó al menor, prometiéndole diversión antes de arrastrarlo al horror. Una vez dentro del edificio deteriorado, la amabilidad inicial se transformó rápidamente en violencia pura: “Te voy a violar y después te mataré”, le dijo sin inmutarse.
Un milagro entre tanta oscuridad
Lo que siguió fue una escena digna del peor de los relatos. Con una piedra golpeó repetidamente al niño hasta dejarlo inconsciente; luego, para culminar su atrocidad, intentó ahorcarlo con un cable antes de arrojarlo desde el primer piso. Sin embargo, el destino quiso que el cable no resistiera su peso y así el pequeño cayó al suelo.
Por suerte, algunos vecinos escucharon sus gritos y acudieron al rescate. Al ver las graves lesiones del niño y su estado de shock, lo llevaron rápidamente al hospital donde recibió atención médica urgente. A pesar del diagnóstico alarmante, tuvo una evolución favorable; su espíritu luchador superó incluso las circunstancias más terribles.
Cuando finalmente pudo contar lo sucedido, los investigadores quedaron atónitos ante la brutalidad del ataque. No era solo otro caso más entre tantos como solían ocurrir; aquí había algo profundamente retorcido detrás del acto. Así comenzó una intensa búsqueda coordinada por las fuerzas policiales locales y nacionales que abarcaba toda Palma.
A medida que pasaban los días sin pistas sobre el atacante, crecía la angustia entre los vecinos. El miedo se apoderaba de cada rincón; madres aterrorizadas vigilaban a sus hijos con recelo ante cualquier sombra sospechosa. La psicosis invadía cada hogar.
Poco tiempo después llegó el momento decisivo: tras unos días llenos de incertidumbre e inquietud colectiva, dos mujeres discutiendo cerca del lugar donde todo ocurrió llamaron la atención de una patrulla policial. Al intervenir descubrieron que una mujer era nada menos que la madre del pequeño agredido; ¡el reconocimiento fue inmediato! Su hijo identificó al hijo de esa mujer como su captor.
Y así terminó esta pesadilla: con la detención del joven agresor tras ser señalado sin lugar a dudas por su víctima durante varias ruedas de reconocimiento en comisaría. Aunque siempre negó ser quien realmente era: el maníaco que aterrorizaba a toda una comunidad.

