Con un bisturí, una radiografía y un trozo de cartulina en mano, José Antonio, conocido artísticamente como Mateo, ha pasado más de cinco décadas creando auténticas obras maestras. Este madrileño de 90 años ha elaborado alrededor de 600 cuadros, cada uno de ellos una historia única hecha con paciencia infinita y un pulso digno de un cirujano. «Hay que tener buen pulso, pensar al revés y una paciencia infinita», asegura el artista mientras nos recibe en la Parroquia Cena del Señor, donde exhibe parte de su obra hasta el próximo 26 de junio.
Un viaje por la vida y el arte
Nacido en Puebla de Sanabria, Zamora, en mayo del 36, la vida no siempre fue fácil para José Antonio. Con un padre perdido en la guerra y criado por su madre y su tío sacerdote, sus caminos lo llevaron a vivir por toda España e incluso a emigrar a Francia y Alemania. Al final, decidió regresar a Madrid, donde encontró trabajo como electrónico antes de dar un giro inesperado hacia el arte.
La idea del grapel nació casi por casualidad. En su trabajo en el Hospital Universitario La Paz se topó con montones de radiografías que nadie quería. «Eran negras», recuerda. Pero eso no lo detuvo; comenzó a rascar aquí y allá hasta descubrir que podía crear diferentes tonalidades dependiendo de la presión aplicada. Así nació su técnica revolucionaria: el grapel.
A pesar del esfuerzo monumental que implica cada obra —algunas le llevan hasta nueve meses— Mateo nunca se ha dejado llevar por la avaricia: «Me dicen que podría ganar mucho dinero con mis cuadros, pero no quiero». Para él lo importante es expresar su pasión sin ataduras monetarias; tiene suficiente con lo justo para vivir cómodamente.
El barrio le rinde homenaje. Es significativo que esta exposición tenga lugar en la parroquia frente a su casa; allí donde todos sus vecinos han sido testigos del tiempo que dedicó al arte: «Quería dedicar esta muestra a mis amigos». Y es que sus obras abarcan desde majestuosos edificios como la Plaza del Obradoiro hasta temas más complejos como el sistema solar o incluso desnudos.
A medida que habla sobre su proceso creativo se nota la chispa en sus ojos: «Mis dos hijos son lo más grande que tengo; pero después de ellos… haber encontrado esto ha sido lo mejor». Aun así, Mateo sigue firme ante los avances tecnológicos como la inteligencia artificial: «No quiero llegar al día en que las máquinas nos controlen».
No cabe duda de que este artista sigue siendo un soñador incansable: «Si no tuviera nada qué hacer me inventaría algo». Cada vez que saca a relucir una nueva creación siente una emoción profunda; tal es así que alguna vez se le han caído lágrimas al ver cómo surgen las imágenes ante sus ojos.
Sin duda alguna, sin el grapel su vida habría sido muy diferente.

