Corría el año 1991, y el Barrio Chino de Palma era un hervidero de desesperación. Las calles estaban plagadas de rumores sobre una heroína mortal que estaba haciendo estragos entre los jóvenes. En esas semanas tan sombrías, la ciudad se enfrentaba a uno de los capítulos más oscuros de su historia.
Desde finales de noviembre hasta casi Navidad, tres almas perdieron la vida y otros tantos quedaron al borde del abismo tras consumir una droga adulterada, como supieron después los investigadores. El miedo invadió cada rincón; nadie estaba a salvo en un lugar donde la ley del silencio reinaba con puño de hierro.
Un ciclo trágico
La primera víctima fue Manuel G., conocido como Bianca, quien murió el 24 de noviembre tras inyectarse una papelina comprada en el barrio. Al poco tiempo comenzó a sentirse mal y terminó en el Hospital General, donde su vida se apagó ante los ojos impotentes de los médicos. Pero esta no sería la última vez que las sirenas sonaran por esa zona.
Poco más tarde, el 14 de diciembre, un matrimonio cayó en la misma trampa mortal. Ambos se inyectaron la misma sustancia junto a un cajero automático. Mientras que Beatriz falleció casi al instante, su marido sobrevivió pero quedó marcado para siempre por aquella tragedia. Aunque intentó denunciar lo sucedido y colaborar con las autoridades para dar caza al camello responsable, pronto se vio acorralado por amenazas y optó por guardar silencio.
Apenas una semana después llegó la tercera muerte: Remedios, una joven brillante que apenas contaba con 22 años y cuyo destino se selló fatídicamente el 22 de diciembre en la calle Salat. Con ella quedó claro que había algo mucho más siniestro detrás: todos estos casos estaban conectados por una misma partida fatal.
Además de estas tragedias personales, media docena más sufrieron intoxicaciones graves, logrando salir adelante solo por pura suerte. “Lo contaron de milagro”, comentaban fuentes policiales tras aquellos incidentes fatales. Sin embargo, muchos supervivientes acabaron atrapados en las garras del ‘caballo’, luchando contra sus demonios internos durante años.
A medida que las fiestas navideñas avanzaban ese año, la Policía Nacional puso en marcha una investigación para desentrañar el origen letal de esta droga y capturar al responsable. Pero lo que encontraron fue un muro impenetrable: el silencio aterrador impuesto por los narcotraficantes locales. Nadie quería ser señalado; era más seguro callar.
Más de treinta años después, esos días oscuros siguen marcando a fuego la memoria colectiva del Barrio Chino. Tres muertes en menos de un mes sumergieron a toda una comunidad en un pánico palpable mientras luchaban contra unos poderes a los que no podían desafiar sin temor a represalias. Una lección amarga sobre cómo la vida puede cambiar radicalmente cuando el miedo gana terreno sobre la esperanza.

