En Manacor, las aguas están revueltas. La reciente noticia sobre las obras que pueden limitar aún más el acceso al camino de la Roca ha encendido los ánimos de muchos. Los vecinos, que han disfrutado durante años de esta ruta, se sienten ahora como si les estuvieran robando un pedazo de su hogar. No es solo un camino; es un símbolo de libertad, conexión con la naturaleza y la historia local.
La comunidad alza la voz
“¿De verdad tenemos que dejar que nos quiten esto?”, se pregunta Marta, una vecina que ha recorrido ese sendero desde niña. Muchos comparten su sentir; hay una creciente preocupación por lo que significa esta restricción no solo para los amantes del senderismo, sino también para el turismo responsable. Para algunos, este tipo de decisiones parecen parte de un monocultivo turístico, donde lo único que importa son los beneficios económicos a corto plazo.
No podemos permitir que se tiren a la basura espacios tan valiosos como este. La lucha por mantener nuestros caminos abiertos refleja una necesidad colectiva: queremos ser escuchados y defendidos. El tiempo dirá si lograremos frenar estos planes o si quedará todo en un eco apagado entre las montañas.

