El ambiente en Son Moix era un torbellino de emociones. La afición del Mallorca, con el corazón roto y los ojos llenos de lágrimas, abandonó el estadio tras confirmarse el descenso a Segunda División. A pesar de haber ganado al Oviedo, la realidad fue un duro golpe que nadie esperaba. Algunos soñaban con una remontada mágica, pero las ilusiones se desvanecieron como un suspiro ante el paso del tiempo y la falta de resultados favorables.
Críticas directas y promesas de lealtad
«Tengo ganas de llorar», decía uno de los aficionados más apasionados mientras se aferraba a su bufanda rojiblanca. «Pero no quiero hacerlo porque amo este escudo y me da igual en qué categoría esté», añadió con firmeza. En medio de la tristeza, muchos todavía encontraban razones para quedarse: algunos pensaron en lo que podría haber sido si equipos como Real Madrid o Barcelona hubieran pisado Son Moix durante otra temporada.
Juan Vich, abonado desde hace años, fue contundente en su crítica: «La culpa está en el palco. Necesitamos una limpieza profunda», refiriéndose a la directiva que ha dejado mucho que desear. Y es que no solo los dirigentes tienen su parte de responsabilidad; los jugadores también fueron señalados por no estar a la altura cuando más se les necesitaba. «Fallaron penaltis clave y dejaron escapar puntos vitales», lamentaba Carlos Cubero, también abonado del club.
A pesar del desastre, hay quienes prometen no abandonar al equipo. Sebastià Serra salió cabizbajo pero decidido: «Seguiré siendo abonado sin importar si estamos en Segunda B o Primera. ¡Visca el Mallorca!» Esa pasión es lo que une a esta comunidad tan especial.
Toni Vives resonó con muchos al decir que había sido una mala planificación deportiva y recordó cómo la afición siempre estuvo ahí para apoyar, incluso cuando las cosas iban mal. Cada uno tiene su historia entrelazada con este club y todos coinciden en algo: la unión entre afición y equipo es inquebrantable.

